ODR Entrevista: José Antonio Sanahuja

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Esta semana el Observatorio de Regionalismo publica la entrevista realizada con el profesor Dr. José Antonio Sanahuja, Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense, Catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid, profesor de la Escuela Diplomática y Director de Fundación Carolina. En la entrevista, prof. Sanahuja comentó los cambios políticos en América Latina y Europa y como éstos reflejan en el regionalismo.

Entrevista realizada por Julia Borba en el marco del VI Congreso RedIntercol

 

Cuál es tu evaluación sobre el surgimiento del  Grupo de Lima y del Prosur en el escenario regional, y el rol de Brasil en ello?

Estamos en un momento de cambio de ciclo para el regionalismo latinoamericano, que se explica, en particular, por la llegada de los nuevos gobiernos liberal-conservadores y de derecha o extrema derecha (como es el caso de Jair Bolsonaro en Brasil) que há significado um amplio cuestionamiento o contestación hacia todo el entramado de instituciones que se habían creado en el período anterior: CELAC, que está paralizada; Unasur, donde se está produciendo la retirada de muchos países ⎯lo que es algo inédito, pues las organizaciones internacionales generalmente se dejaban en estado vegetativo, pero no se desmantelaban, como está ocurriendo en este caso⎯; y hay dudas y reticencias con respecto al Mercosur, em particular a causa de la posición de Brasil, pues este país ha sido ambivalente sobre la continuidad en ese grupo. 

Mi impresión es que eso admite dos lecturas: en primer lugar, una de carácter global, es que estamos encontrando, en las condiciones específicas de Latinoamérica, el cuestionamiento de las organizaciones regionales por razones electorales internas, tal como observamos en el caso de Unión Europea por parte de la extrema derecha o en Reino Unido por parte de los partidarios del Brexit: es un cuestionamiento del regionalismo y del multilateralismo en nombre del soberanismo, de la nación, y de tendencias nacionalistas que es de alcance global. 

La segunda lectura atañe a la particular expresión de este fenómeno en Latinoamérica, donde las divisiones políticas internas son un factor importante para el cuestionamiento de esas organizaciones, tildadas de “bolivarianas” por las “nuevas derechas” presentes en la región. Ese cuestionamiento se ha convertido en un elemento de polarización y movilización para la política doméstica, como hemos visto en algunos casos en particular: en Ecuador, la deriva del gobierno de Lenin Moreno para apartarse de Rafael Correa ha encontrado en el desmantelamiento de Unasur un “marcador” ideológico y simbólico funcional a ese giro; en las elecciones primarias de Argentina, el oficialismo recurrió al cuestionamiento de las organizaciones regionales y del bolivarianismo como un elemento de polarización interna y movilización electoral frente a la izquierda, bajo la idea de que “si la izquierda gana, Argentina va a ser como Venezuela”, y en esa lógica que el desmantelamiento de las organizaciones regionales tienen un sentido; en el caso de Chile, la salida de Unasur y la convocatoria de Prosur también responde a la deriva que ha tenido el gobierno de Piñera hacia posiciones más derechistas, distanciándose de las que el propio Piñera había tenido en su primer mandato, más liberales. En ese sentido, hay visibles diferencias entre el gobierno de Piñera I y el de Piñera II; en Colombia, vemos ese discurso en el gobierno de Iván Duque, como parte de la lógica de polarización y movilización interna de sus partidarios frente a las posiciones de grupos de izquierda. Esa lógica de polarización entronca con el proceso de paz, el cual se quiere revertir y cuestionar; y algo parecido ocurre en el caso de Brasil. Lo más llamativo en este caso es que Brasil ha sido el país que, ya mucho antes de la existencia de Unasur, y desde el mandato de Fernando Henrique Cardoso, había adoptado un liderazgo cooperativo regional que explicaba su respaldo de Unasur. En el caso de Brasil, cuestionar y abandonar Unasor significa también abandonar la posición de liderazgo que mantenía en la región, y eso es parte de su deriva hacia una política de bandwagoning; esto es, de seguimiento incondicional de los Estados Unidos. 

En cada país encontramos esos elementos. Prosur, en particular, es la expresión de de esa deriva. Es muy llamativo que se acuse a organizaciones como Unasur y CELAC de haber estado “ideologizadas” como argumento para abandonarlas, alegando al tiempo que Prosur es “pragmático” y “no ideologizado”, como lo califican los gobiernos de derecha. El problema que supone la creación de Prosur es que no tiene credibilidad interna ni externa, y sobre todo es una muestra, ahora desde las nuevas derechas, de lo que ha sido una tendencia secular en América Latina: una nueva expresión de ciclos de creación de organizaciones regionalistas supeditadas a los ciclos ideológicos y la convergencia de posiciones presidenciales que a la larga no tienen solidez.

 

En un artículo suyo publicado en ese año usted apunta que las condiciones que hicieron posible el giro regionalista posliberal ya no están presentes y que los cambios de gobiernos latinoamericanos a derecha y ultraderecha representan un giro conservador en la región. En el escenario actual, cómo podríamos caracterizar el regionalismo latinoamericano: cuáles serían las principales características y posibles consecuencias de este giro para las instituciones y esfuerzos regionales ya consolidados? 

Por una parte, lo que tenemos son entidades comprometidas con el regionalismo abierto, como es el caso de la Alianza del Pacífico; ahí no hay nada nuevo. La Alianza del Pacífico, en cualquier caso, no va a tener el papel que había tenido anteriormente, ser un contrapeso al ALBA, porque el ALBA en este momento está en retroceso, y también porque ha habido cambios importantes a respecto de las elecciones presidenciales en países de la Alianza del Pacífico: México no ha abandonado la Alianza del Pacífico, pero está atemperando sus aristas más ideologizadas.

En el caso del Mercosur también se ha observado un giro hacia las posiciones del regionalismo abierto: el llamado “Mercosur Comercial” frente al “Mercosur Social” o el Mercosur político que promovieron los anteriores gobiernos progresistas. Esto tiene que ver, en efecto, con el cambio de ciclo que representa la llegada de gobiernos de las nuevas derechas, que ahora vuelven a orientarse al regionalismo abierto y la integración económica. 

Otra cosa distinta son las plataformas de concertación política, que se están abandonando: CELAC y Unasur, como foros de discusión política y/o de gestión de crisis. En su lugar se creó una plataforma como Prosur, que tiene poca credibilidad y poca consistencia. Es también el caso del Grupo de Lima, que se establece a partir de una agenda coyuntural con respeto a Venezuela y que fundamentalmente lo que hace es seguidismo de la política de Estados Unidos, aunque no se sabe muy bien cuál es la política que los Estados Unidos de Trump ha tenido para América Latina.

 

En este año usted participó de un evento cuyo título de la sesión fue: “Situación actual de las relaciones América Latina-Unión Europea y un nuevo contrato social”. Cómo usted ve las reaproximación de Brasil con Estados Unidos y el avance del acuerdo Mercosur-Unión Europea, en un escenario de reconexión de los países latino-americanos con los centros desarrollados?

Justamente en ese asunto estamos reflexionando recientemente, pues a raíz del cambio del Comisión Europea y de la llegada de un nuevo Alto Representante estamos elaborando unos memorandos para orientar/informar la posición de esta figura clave de la política exterior de la Unión respecto de las relaciones de la Unión Europea con América Latina. 

El punto de partida es que tenemos, por una parte, una Unión Europea que está muy presente en la América Latina en la agenda económica: hay acuerdos comerciales; hay una amplia presencia de compañías de la Unión Europea, que es también el inversor más fuerte en la región, hay sectores industriales en América Latina en los que la clave es europea, como el sector automotor, como ilustra el caso de Volkswagen, o el caso del Grupo PSA (Peugeot – Citroen) en Mercosur. La UE es también el principal donante de ayuda para el desarrollo, lo que es importante para los países de menor desarrollo relativo de América Latina.

Lo que no existe en igual medida es presencia política. En este momento existe la percepción por parte de América Latina de que los actores centrales de la política internacional son los Estados Unidos y China, y que el mundo avanza hacia una nueva bipolaridad. Por otra parte, como Latinoamérica ha destruido sus propios organismos regionales, se observa que América Latina ha perdido capacidad propia para hacer frente a crisis como la de Venezuela, al desmantelar las plataformas regionales, y ahora parece que tiene que pedir permiso a los chinos, a los Estados Unidos o a los rusos para tratar de resolver esas cuestiones (y sin poder hacerlo).

Lo que hemos planteado es que Unión Europea tiene que “repolitizar” las relaciones con América Latina y tiene que invertir más capital político en esa relación. Digamos que su papel tiene que ser, desde luego, tratar de acompañar los esfuerzos latinoamericanos para ganar autonomía en ese escenario, y tratar de reconstruir la capacidad propia y autónoma de América Latina para resolver crisis, como la de Venezuela, la cual tiene que resolverse de manera pacífica y a través de un acuerdo negociado entre las partes, no mediante intervención externa, menos aún si es armada. 

Son los planteamientos que estamos haciendo: repolitizar las relaciones, invertir más capital político y ayudar a reconstruir la agencia de la región para resolver por si sola sus propios problemas. Permítame evocar lo ocurrido en los años ochenta, por ejemplo, el papel de la Unión Europea fue importante para ampliar el espacio para maniobrar de los países centroamericanos y latinoamericanos, para que estos pudieran hacer frente a la crisis centroamericana sin que fuera devorada por la confrontación bipolar Este-Oeste de las dos superpotencias. La situación hoy es distinta, pero el rol de la UE puede ser parecido. 

El acuerdo Mercosur-Unión Europea insiste en la agenda que no nos interesa tanto, que es la agenda comercial. Y es un acuerdo necesario no solo por su parte comercial, sino por su pilar político y de cooperación. Sin embargo, la firma del acuerdo plantea una doble paradoja: este es un acuerdo que nació hace 20 años y que no se pudo cerrar porque las diferencias comerciales entre las partes en materia de intereses ofensivos y defensivos era insalvables. Paradójicamente, el acuerdo era funcional a la lógica de la globalización, y fue firmado precisamente porque la globalización está en crisis y hay mucha incertidumbre con respecto a los mercados abiertos. Eso hace que sea problemático, por ser e cierta manera un acuerdo extemporáneo.

Pero, la segunda paradoja es que tanto por parte de Mercosur, como por parte de Unión Europea, quienes han firmado el acuerdo son en ocasiones gobiernos que o no creen en el acuerdo o no tienen apoyo suficiente para ratificarlo. Al gobierno francés le ha faltado tiempo para aprovechar los incendios de Amazonia para decir que no firma el acuerdo. Yo francamente tengo serias dudas sobre la sinceridad del gobierno francés cuando se preocupa por la Amazonia para decir que no firma el acuerdo, pues creo que es un pretexto proteccionista. Al gobierno de Brasil le ha faltado tiempo tras las elecciones argentinas para decir que se va de Mercosur si el hipotético gobierno de Alberto Fernández lo convierte en otra cosa. Y el caso de Argentina es el más claro, el electorado en las primarias ha expresado un rechazo muy claro a las políticas de apertura de Macri, que incluyen la firma del acuerdo Mercosur-Unión Europea. 

Es entonces un acuerdo que se ha firmado in extremis, es decir, por algunos gobiernos que no creen en él o no tienen el apoyo suficiente para implementarlo. Y por lo tanto, su ratificación será complicada, pues requiere tanto la ratificación del Parlamento Europeo, como del Consejo Europeo, y de los 28 (o 27 si se materializa el Brexit) Estados miembros, más los 4 países de Mercosur. Estos días ya hemos tenido un posicionamiento casi unánime de los partidos del parlamento austriaco mandatando al gobierno para que no lo ratifique. Hay mucha resistencia en Europa, en suma, por la firma de ese acuerdo

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